RECYCLE WALK – Un proyecto de Sergio Sarti

FUERTEVENTURA

Es la anciana de las Canarias, llana, dibujada con colores cálidos y líneas suaves, que en puntuales casos superan los 600 metros de altura; el paisaje hace justicia a su edad. Mi mirada encuentra pocos obstáculos, puedo ver de dónde vengo y hacia dónde voy; a diferencia de las islas de poniente, aquí el escenario se presenta entero. Me gusta imaginar que las islas las esculpió un artesano que les dio forma. En las islas occidentales, las más jóvenes, estas formas son caprichosas: Puentes de Lava, tubos volcánicos o grandes rocas que parece que fueron diseñadas con conciencia. El artesano parece que se olvidó de la isla majorera, quedando maltratada por el mar y el viento. Apenas encuentras estructuras basálticas delicadas pero el paisaje te sorprende de otra manera.

 

Lo que aparenta ser un yermo sin vida es en realidad un ecosistema lleno de fauna y flora que la ignorancia convierte en un falso motivo para construir hoteles y carreteras. Me sorprenden las aves, hay tantas que hacen sombra cuando vuelan. También hay ardillas morunas, han colonizado la isla. Cuando las veo es señal de que me acerco a un lugar urbano, ya que se alimentan en gran parte de la comida que el humano tira u ofrece, como hacen los turistas. Se estima que hay hasta 1 millón de ardillas morunas en la isla, alterando su ecosistema. 

 

Otra especie invasora que no había visto es el Calotropis Procera. Un pequeño árbol que contrasta mucho con el oscuro del paisaje; de color verde intenso y porte erguido que puede alcanzar los 6 metros de altura. Posee un fruto globuloso que parece carnoso. Pregunto en la aldea de Pozo Negro si es comestible, me cuentan que es un fruto al que le gusta aparentar, solo tiene aire dentro y es tóxico, por eso se le llama el «fruto de la ilusión».

 

Al llegar al Monumento Natural de los Cuchillo de Vigán me asombra un extenso paisaje volcánico pintado de negro por coladas de lava, la costa es acantilada y las playas son de arena negra o de callao. Este escenario no encaja con el imaginario colectivo que se tiene de Fuerteventura, mal llamada «El Caribe español». 

 

El humano ya no explora el mundo, sino la idea que se ha hecho de él. Esperamos algo de los paisajes como de las personas, sin dejar que estos nos sorprendan. Por eso camino sin mapa, son unos aguafiestas, es como ver una película sabiendo que va a ocurrir. 

 

Pretendía recorrer toda la isla descalzo, pero ante este panorama cubierto de malpaíses estoy obligado a hacer uso de unas sandalias que he construido a mano a partir de una rueda de bicicleta y material reciclado.  

 

Cargaba con un saco lleno con botellas de plástico mientras subía una montaña cuando un mito aparece en el cielo, es un enorme Guirre, nunca lo había visto. Es el único ave carroñera de Canarias, en el pasado se distribuía por todas las islas del archipiélago pero actualmente quedan pocos ejemplares que habitan en Fuerteventura y Lanzarote, está considerada en peligro crítico de extinción. De silueta inconfundible, el plumaje del cuerpo es color blanco hueso y la cabeza y la garganta, donde no tiene plumas, son más oscuras, de color amarillento. Es muy característico el color amarillo de su cara que continúa hasta el final del pico, largo y corvo, donde se torna negro. Durante varios días aparece al atardecer, sondeando el terreno en busca de algún cuerpo inerte. Permanece a gran altura durante horas, batiendo las alas solo si lo necesita, para consumir la mínima energía. Me pregunto qué pensará del humano, que todo lo quiere y nunca tiene suficiente. 

 

Ese mismo día, con la llegada del ocaso, comenzó a llover. No tengo tienda de campaña, comida, ni agua y estoy en mitad de un desierto vacío. Como siempre, sin esperarlo, el camino pone delante de mi lo que necesito. Aparece Tenaro, un hombre enorme, no puedo estrecharle la mano por lo grande  que es,, así que me limito a agarrarle el dedo gordo para saludarle. Tenaro es un majorero que vive como eremita, paso 2 noches en su cabaña.

 

Es fascinante lo creativo que es el humano al tratar de interpretar la realidad. «Todas las realidades son válidas, y ninguna es cierta», me decía Etsanúa, amiga que conocí días más tarde y que sólo me atrevería a describir como amante de lo creado. 

 

La realidad de Tenaro es muy alternativa, pero puedes entenderla si conoces su historia, muy desgraciada. Cuando entro en su cabaña veo muchos símbolos satánicos que me sorprenden. Charlamos sobre la maldad, según él es obra de El Diablo, que intenta matarle porque él es un elegido de Dios, por eso se esconde en un desierto. Ahora que ha construido su refugio, espera una nueva señal de Dios, dice que esa señal puedo ser yo porque me parezco a Jesucristo, recorriendo a pie el mundo sin posesiones materiales, con sandalias rotas y en lugar de predicar el evangelio en iglesias, defiendo la naturaleza en colegios. Él me llama «apóstol del ecologismo». 

 

A la noche Tenaro me dice: «si eres especial, se mostrarán». Yo no se qué esperar, cuando terminamos de comer unas viejas –un pescado–  nos tumbamos en el suelo y observamos el cielo, pocas veces vi uno tan limpio. 

       –¡Mira, ovnis! – Dice Tenaro refiriéndose a pequeños puntos luminosos que se mueven en el cielo. 

       – Eso son satélites. – Le respondo.

En ese momento estelas luminosas recorren la bóveda. 

        – ¿Crees que los satélites hacen eso?– Dijo Tenaro divertido.

        – Para mi eso son meteoros, un cuerpo que atraviesa la atmósfera y se quema.

        – ¡Estás ciego! Son señales.

Comenzamos a reírnos de la situación hasta que Tenaro señala una dirección en las estrellas para que le preste atención, entonces le grita al cielo:

         –¡Haced algo que le convenza de que existís!

En ese momento numerosos puntos en un espacio oscuro se iluminan y parpadean. ¿Fue una señal alienígena o una casualidad natural? 

 

Pienso en este momento, dos humanos compartiendo interpretaciones diferentes de la existencia, sin tratar de imponer una verdad.

 

Nuestra capacidad para entender la auténtica realidad está condicionada, porque experimentamos el mundo con sentidos y lo describimos usando conceptos que son humanos. Clasificamos las cosas para referirnos a ellas, creemos que existe el bien y por lo tanto el mal, nada más… 

 

Creo que no conocemos tal cosa como la verdad, no contemplo la vida como Tenaro o como muchos amigos que he conocido por el camino y que por sus experiencias vividas dan un sentido más «mágico» al mundo, pero escucho su criterio siempre con interés, mi realidad está llena de dudas. Por eso las personas son fascinantes, cada uno con su propia interpretación de la vida, que aburrida sería si todos pensáramos igual. 

 

Desde que alcancé el Faro de la Entallada, extremo más cercano a África de Canarias, la costa se orienta hacia el sur, el relieve es más accidentado con largas playas de arena oscura que llegan hasta la península de Jandía, un gran islote unido a Fuerteventura con un istmo arenoso conocido como La Pared. Siempre me soñé aquí, caminando sus kilométricas playas de arena blanca y aguas turquesas. 

 

Es fascinante observar estos cambios drásticos en el paisaje que, además, ocurren cada 30 kilómetros aproximadamente, imagino debido a que están lo suficientemente separados para que hayan vivido experiencias geológicas diferentes. ¡Los paisajes son como las personas! Con personalidades únicas fruto de una biografía única. 

 

Pero por desgracia hay un cambio más evidente en esta vasta naturaleza que eclipsa su personalidad: la actividad humana. Atravieso Gran Tarajal, Tarajalejo, La Lajita, Costa Calma…, hasta llegar a Morro Jable. Todo un ecosistema antrópico dedicado al turista, que me mira con sorpresa, como a un marciano. Además, es verano, ha sonado el timbre del recreo, las playas están abarrotadas de caravanas. 

 

Decenas de hoteles, campos de Golf, incluso un zoológico. Proyectos millonarios y amorales en una tierra sin agua con canarios que siguen siendo pobres. Es un contraste desagradable al que no quiero seguir prestando atención. 

 

Me encuentro en el Puertito de La Cruz, en el extremo sur de Jandia, para dar paso a la verdadera aventura recorriendo la costa de barlovento. En esta aldea remota conozco a un grupo de locales que me dan víveres e informan de la costa que voy a caminar. 150km prácticamente deshabitados, no podré comprar comida. Un molino de viento generaba electricidad para toda la aldea, ya no funciona, como casi todos los molinos de la isla, ahora son estatuas colosales que ocupan el cielo y la tierra.

 

Me recomiendan no caminar la costa, ellos intentaron hacerlo tiempo atrás y no pudieron. No quiero pensar si un evento me hará sentir miedo, pienso si me hará sentir vivo, y la incertidumbre me excita, tengo ganas de reencontrarme con la soledad y perderme en mis ideas.

 

Llegar a Cofete fue una tarea complicada y llena de sorpresas. Comienzo a caminar tarde, con el astro rey en su cénit, para poder antes atender una entrevista estando en el pueblo y con cobertura. Me esperan muchas horas de camino así que llegaré a mi destino después de morir el día. 

 

El tramo desde el faro de la Punta Pesebre hasta Cofete es acantilado, no hay veredas, casi lo atravieso sin éxito. Aquí fué donde el surfista Álvaro Vizcaíno se precipitó por el acantilado mientras buscaba la ola perfecta, quedando atrapado en el mar con múltiples heridas. Su vida continuó y años más tarde la película «Solo» relató su historia.

 

Me sorprende un paisaje que antes nunca ví y que se repetirá a lo largo de la costa. Son rocas calcáreas repletas de huecos cilíndricos y formas delicadas. Días más tarde, en Ajuy, aprendí que se llaman «Dunas pliocenas», formadas por restos fósiles de conchas y raíces. 

 

Al llegar a Cofete me encuentro con una inmensa playa batida por un mar embravecido. El viento sopla inmisericorde sobre toda su extensión, desde la orilla hasta donde el llano termina para dar comienzo las laderas su ascensión. La mano del hombre solo se nota por la presencia de una enorme casa construida al resguardo de aquellas montañas, es la villa de los Winter.

 

Así me gustaría describir este lugar, ignorando que la infinita playa está cubierta por la incesante llegada de plástico, y la melodía del mar, ahora perturbada por cientos de turistas que visitan la playa con sus vehículos a motor. 

 

Si a leyendas nos referimos, Fuerteventura nos puede sorprender con  historias que han pasado de abuelos a nietos. Brujas en la montaña de Tindaya; La luz de Mafasca, compañera del caminante solitario; el Roque de las siete mujeres…

 

Cofete es una pequeña aldea envuelta por misterios cuyo protagonista es la villa de los Winter. Desde destino como hospital para los alemanes heridos en la guerra; como casa de prostitutas, donde los altos militares venían a descansar; como zona de avituallamiento para submarinos; como lugar de experimentación con «pajaritos», me contaba Pedro Fumero, el actual dueño de la casa, para referirse a niños; hasta me dijo estar convencido de que hay un búnker lleno de oro sobre la que se construyó la villa. 

 

Pasar la noche en esa casa junto con Pedro fue todo un aprendizaje, le toman por loco, yo no sé qué creer. Lleva 7 años y va a dedicar toda su vida a descubrir todo lo que este lugar esconde. Dice que cambiará la historia, pero que el gobierno intenta pararle destruyendo muchas de sus pruebas para construir un hotel y evitar que esta casa se convierta en un museo. 

 

A partir de aquí tardo 6 días en recorrer toda la costa hasta llegar a El Cotillo. Fue de las etapas que más he disfrutado en todo mi periplo. Tal y como me contaban, es una costa salvaje y solitaria, donde bailé, grité y canté sin que nadie me escuchara.

 

Nunca vi una costa donde abundaran tanto los mariscos. Me alimenté de lapas (nunca majoreras, están en peligro de extinción)  y almejas que capturaba usando como herramienta piedras de callao y que cocinaba al fuego o comía crudas; no termino de decidir cómo las prefiero. 

 

También me apoyé en personas. Como aquel día que una pareja me invitó a comer percebes que recogieron en la costa, ni siquiera sabía cómo comerlos. O cuando una familia saharaui me llenó la bolsa de tarta y dulces típicos de su país (siempre que me encuentro con familias saharauis me dan tarta, son muy golosos).

 

Toda la costa tiene nacientes de agua que brota de entre las rocas y terminan en algunos casos formando oasis llenos de vida, un regalo del paisaje que uso para llenar mi cantimplora.

 

Un barranco lleno de tarajales y cuevas por el que corre agua desemboca en una playa, refugio de aves y vida marina, me atrevería a decir que la más salvaje, remota y mi favorita de Canarias. Localizada en el interior de la zona militar, que abarca 30 km de costa inaccesible la mayor parte del año. Como siempre, la suerte me acompaña, los militares estaban de maniobras fuera de la isla cuando recorrí este tramo, permitiéndome disfrutarlo sin impedimento. 

 

A pesar del calor, los días son agradables gracias a la brisa fresca que viene del noreste. En barlovento, de naturaleza intensa, la brisa se vuelve viento y el mar, antes tranquilo, ahora embravecido. 

 

Como dice la copla:

 

En la mar de barlovento 
Perdí tres piezas de ropa,
La pesca y el cuchillo,
Mi mujer se vuelve loca. 
 

Cuando alcanzo el Cotillo mi aventura solitaria termina, el norte de la isla es menos tradicional y la población es en su mayoría extranjera, hay mucho movimiento hippie y artístico. 

 

Visito las chabolas que están construidas fuera de la sociedad, me gusta conocer personajes extraños, como yo. Primero conozco a Jencek, belga; me cuenta que ya no puede hacer surf tranquilo porque las playas están llenas de turistas y escuelas de surf, y que visite a Marco, que vive en otra cabaña 3 km más al norte. Marco es un italiano anciano, delgado y con largas rastas negras que llegan al suelo, lleva 40 años aquí, construyendo una fantástica casa hecha de basura. Marco me pone en contacto con Gianni, es una versión joven de Marco: italiano, con largas rastas y delgado. Vive en un corral que está transformando en una casa cerca de Majanicho, está celebrando su tercer año en la isla y quiere invitarme a comer ceviche. 

 

En su corral conozco a su cabra «Verano» y a su perro «Scout». También conozco a Carlo, de Hawaii y a Etsanúa, de Argentina. Días más tarde reanudo la marcha desde Majanicho, una preciosa aldea vestida de azul y blanco, asentada alrededor de la cala que le da nombre. Las playas por las que camino son las más blancas de Canarias, cubiertas de lo que parecen palomitas. Son rodolitos, estructuras calcáreas de algas rojas coralinas que son arrastradas a la costa. 

 

Llego a Corralejo, o como muchos lo llaman: «Corraleggio», al parecer hay mucho italianos. Atravieso el gigantesco desierto que lo separa de Parque Holandés y llego hasta Puerto Lajas, a 5km de terminar donde comencé. Los último kilómetros de costa acumulan mucho plástico que recojo usando un saco de papas. 

 

Como apunte interesante, a medida que me acerco al continente africano el agua la siento más fría, la isla con el agua más caliente fue El Hierro. También es peculiar la fauna marina; cuesta ver erizos en la costa, a diferencia de Tenerife, allí tienes que mirar donde pisas. 

 

Llevo 30 días sin ducharme y sin lavar mi ropa en una lavadora. No estoy asqueroso, con el agua del mar me mantengo presentable, pero no lo suficiente para mañana tener en la capital una entrevista en un plató de televisión. Por eso he parado en Puerto Lajas, conocí a un grupo de viajeros en autocaravanas, que me limpian y me invitan a acampar con ellos. 

 

Una ola de calor abrasa Canarias, me mantengo a la espera de que la temperatura baje mientras paso los días bajo la sombra de dos pinos en una hamaca y con la compañía de mis nuevos amigos. 

 

Entonces comienzo a explorar el interior de la isla. 150km más que tardo 5 días en caminar. Corralejo, Lajares, La Oliva, Tindaya, Tefia, Los Llanos de la Concepción, Betancuria, Pájara y El Cardón son los pueblos que visité antes de llegar de nuevo a Jandia; todos ellos próximos a la costa de occidente, que está dividida de su antípoda por una larga cadena montañosa. 

 

Es peculiar el interior de Fuerteventura, la isla entera se ha precipitado. Camino por un extenso llano a nivel del mar, no sobre las nubes como hice en las islas que ya caminé. Al llegar a Jandia; más joven y con una larga historia separada de Fuerteventura, la orografía es la normal, con la mayor proporción de los sedimentos acumulados en el interior. 

 

Caminar Fuerteventura es un viaje a diferentes momentos del tiempo. Viajo a Herbania, nombre que dieron los Mahos, los aborígenes, a la isla. Todavía se encuentran sus aldeas escondidas entre malpaíses; ‘gambuesas’, que son corrales hechos de piedra volcánica; petroglifos –dibujos en piedra–, como los pies de Tindaya o los veleros del barranco de Tinojay. Y viajes a los siglos esclavos, entre 1700 y 1900, conociendo tradiciones que aún a día de hoy se mantienen. El ‘teberite’, corte que hacen los pastores en las orejas de sus cabras para diferenciarlas de otro ganado; Las ‘jareas’, secar el pescado al sol para conservarlo; el cultivo de ‘cochinilla’, para hacer tintes; el trabajo de cereales usando molinos de piedra o los inmensos hornos de cal, dispersos a los largo de toda la isla.

 

El majorero es un recitador nato, y cuando no conoce poesía, la inventa. Fue tierra de poetas, pero también de esclavos, los siglos pasados aquí fueron muy desgraciados. Domingo Fuentes Curvelo en su obra «La memoria ausente», dice así:

 

Fuerteventura, Fuerteventura
la tierra amarga, la tierra esclava
del extranjero y de su cultura
primero libre, después vasalla.
 

Hay grandes mamíferos autóctonos. Como la cabra majorera, de pelo más corto y con tonos pálidos; el camello majorero, más achaparrado que el africano; el burro majorero, diferenciado por una raya negra que se dibuja en la base del cuello y el bardino, el perro autóctono de Fuerteventura, cada isla tiene el suyo propio.

 

Terminé de caminar toda la isla con más dinero del que empecé, sin buscarlo, como siempre, simplemente aparece. Algunas veces turistas me dieron dinero, sin yo pedírselo, por mi apariencia errante y pobre. Otras fueron más divertidas: Cuando llegué a Fuerteventura no podía caminar por una lesión y estuve 1 semana durmiendo en un container a las afueras de Puerto del Rosario. Cada mañana me bañaba en el mar desnudo, es la capital y hay mucha gente. Un hombre mayor venía cada mañana para verme cuándo me bañaba. Al cuarto día se acercó con una bolsa con comida y 50€; me dijo: «Gracias por alegrarme la vista». Ya es la cuarta vez que un hombre mayor que cobra una pensión por discapacidad me da dinero por la misma razón, gracias a todos por financiar mi aventura.

 

Camino al ritmo del sol, bajo su intensa radiación, semidesnudo, descalzo y empapado de sudor. Los ciclistas que me alcanzan prefieren no mirarme, a mi me divierten. Voy comiendo la fruta que me porta el camino: hay higos, granadas, limones, parchitas, almendras, chumberas y aceitunas, estás últimas no me gustan, son muy amargas. 

 

Pienso en la incertidumbre ¿Porque asusta?; En las ideas ¿Quién las inventa? Pienso en mi vida, se ha vuelto…, sencilla. Cuando aparece el sol, despierto, cuando se esconde, duermo; durante el día corre a mi lado, a mi mismo paso, sirviendo de brújula y reloj, sin temor a que se le agote la batería. Recorro islas por la costa en sentido horario, con el mar siempre a mi izquierda. El gran azul, mi colosal compañero, me mantiene limpio, me refresca y alimenta. No se qué día es hoy, ni siquiera cuanto caminé o dónde dormiré. No tengo dinero, no tengo casa, no tengo estudios, no tengo pareja. No me pierdo pues no busco nada, simplemente soy, en la inmensa casa de los seres vivos, sin muros ni techos. 

Al llegar a los llanos de la Concepción una agradable familia me ofrece alimento, cobijo, dinero –20€–, aseo y un zurrón para amasar gofio. Me gusta su burro, se llama «Quevedo», precisamente haciendo referencia a Francisco de Quevedo, uno de los protagonistas de la novela de Arturo Pérez Reverte que estoy leyendo. Parte del día lo disfruto con ellos, siempre cuesta dejar atrás personas.

 

Días más tarde llego a Jandia, después de 500km por toda la costa y todo el interior de la isla mi aventura en la isla Maxorata acaba. Terminé de caminar Tenerife buscando alivio entre tanto ruido, por eso continúe mi periplo en Fuerteventura, humilde, y no en Gran Canaria, urbana. 

 

Pero no me siento aliviado, estoy cansado de encontrar un mundo ficticio, de ver una naturaleza en decadencia. Recorrer hoy Canarias caminando es una experiencia fascinante, pero por tramos. Muchos días camino con rabia, porque no puedo ignorar lo que Canarias fué; una tierra auténtica, de flora, fauna, música, historia, gastronomía, personas…, ahora eclipsada por una ilusión de cemento.

 

Camino un mundo contaminado bajo un cielo sin estrellas, donde ni siquiera puedo escuchar el viento mecer la hierba. Quiero vivir una aventura salvaje, real; no doméstica y de mentiras. Últimamente aparece África en mis sueños, tal vez allí pueda perderme en la inmensidad, conocer un mundo de verdad. 

 

¿Soy cobarde porque huyo de una vida que me asusta? Dejé atrás un futuro asegurado, trabajo, familia, estudios, amigos…, para convertirme en un vagabundo por elección. ¿Soy un egoísta?¿He tirado mi vida a la basura? No lo sé. 

 

Lo que si sé es que el humano persigue un deseo corrompido, creando un ecosistema sintético de derroche y ruido alejado de la naturaleza y destruyéndola sin necesidad. Solo sé que la naturaleza no sufre por mi culpa, que a pesar de todo me siento vivo y que tengo un motivo:  proteger la vida.


Escrito el 18/08/2022 en Corralejo